martes, 29 de mayo de 2007

Las palabras vacías

En nuestra práctica cotidiana de la conversación podemos comprobar cómo las palabras son unos recipientes amplios que, como si fueran cocteleras trasparentes, cada interlocutor, al pronunciarlas o al escucharlas, las llenan y las vacían permanentemente de diversos significados personales.
El valor de las palabras depende, en gran medida, de la huella afectiva que le produce al que la emplea la realidad a la que aquélla se refiere. Las múltiples experiencias de los hablantes y las diferentes circunstancias que concurren en sus vidas, determinan que los objetos, los sucesos y las palabras que a ellos se refieren, se tiñan de colores, adquieran sabores y provoquen resonancias sentimentales que, no lo olvidemos, constituyen el fundamento más profundo de sus juicios, de sus actitudes y de sus comportamientos.
Las palabras las vivimos o las malvivimos, nos nutren o nos enferman.Las palabras poseen un fondo permanente, que es el que figura en los diccionarios, pero, además, se llenan de esos otros significados emocionales que son mucho más importantes y más poderosos.
Son valores que los enriquecen y los convierten en eficaces instrumentos de la construcción y de la destrucción del cada ser humano y de la sociedad.
  • ¿Qué sentido tienen, por ejemplo, las palabras “mar”, “río”, “montaña”, “valle”, “hombre”, “mujer”, “niño”, “anciano”, “amor” u “odio”?

  • ¿No es cierto que las palabras, poseen unos sentidos diferentes que se los damos los hablantes y los oyentes, cuando establecemos la comunicación, cuando integrándolas en la cadena de un discurso, las usamos como vehículos para transmitir nuestras ideas, nuestras sensaciones o nuestros sentimientos, como vínculos para unirnos, como látigos para agredir o como pistola para matar?
La palabra “mar” no significa lo mismo pronunciada por un pescador de Barbate, por un pasajero de un trasatlántico de lujo o por un cordobés que veranea en Conil de la Frontera. Los vocablos, efectivamente, no están completamente llenos hasta que los pronunciamos y los escuchamos.
Es entonces cuando las palabras adquieren sustancia humana, calor vital y vibración emocional, de la misma manera que las cuerdas de una guitarra sólo expresan sensaciones, sólo transmiten sentimientos, cuando unos dedos maestros las acarician.
Pero también es verdad que algunas palabras pueden estar vacías, son las que carecen de contenido humano: no nos hieren, no nos envenenan ni nos matan, pero nos aburren, nos hastían y pueden hartarnos, enojarnos e irritarnos.
Son canales de meras flatulencias que, quizás, desahogan a los que las emiten, pero nos aburren a quienes las escuchamos. Las palabras, para que sean humanas, han de estar vivas, han de latir y tener temperatura. Hablamos y escribimos con experiencias y con imágenes, más que con gramáticas y con diccionarios.

lunes, 28 de mayo de 2007

Escritores y estudiosos


Con mayor frecuencia de lo deseado, leemos algunos comentarios despectivos que, recíprocamente, se dirigen los escritores y los estudiosos de la literatura. Unos y otros marcan sus respectivos terrenos, se miran con cierto desdén y mutuamente se reprochan desconocimiento, torpeza y, a veces, presunción.
Los escritores se jactan de su originalidad, de su libertad y, en ocasiones, de su genialidad; los estudiosos presumen de su ciencia, de su rigor y de su agudeza crítica.
En nuestra opinión, este distanciamiento, que viene de antiguo y tiene su origen en unos injustificados prejuicios originados por rivalidades pseudoprofesionales, genera unas consecuencias negativas tanto para los unos y como para los otros, y, lo que es más grave, perjudica a sus respectivos públicos que, en cierta medida, son los mismos.
Si esta proverbial y mutua incomunicación debilita la enseñanza de la historia y el aprendizaje de la crítica literaria, -excesivamente teóricas e inconsistentes-, y si margina la creación, que se valora como un simple medio de juego y de distracción, sin duda alguna, los mayores perjudicados son los alumnos y los lectores en general.
Hemos de reconocer que todos somos un poco responsables de que la creación literaria y las tareas académicas estén divididas en compartimentos estancos que no se comunican entre sí, y de que, además, trabajen de espaldas a aquella realidad que se salga del estricto ámbito de sus afanes inmediatos.
Quizás unos y otros no sean conscientes de que la comunicación fluida nos enriquece a todos ni de que los mayores beneficiarios son los alumnos y los lectores. Deberíamos copiar el modelo de algunos autores ejemplares como, por ejemplo, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Gerardo Diego, Carlos Bousoño, Manuel Alvar, Antonio Prieto, José Luis Tejada, Tomás Albaladejo, Esteban Torre, Isabel Paraíso, Jacobo Cortines, Manuel Ramos, Ana Sofía Pérez Bustamante y tantos otros, que compaginan las tareas de la escritura y los afanes de la enseñanza y de la investigación, sin dar síntomas de esquizofrenia. La habilidad literaria no impide ni dificulta el estudio profundo de los textos sino que, por el contrario, lo fundamenta y lo potencia. Recordemos que la enseñanza y la investigación sobre la literatura se han de apoyar en la “filología”, en el amor respetuoso y vehemente a la palabra.Reconocemos que algunos profesores, con sus análisis enrevesados, enigmáticos y pedantes, han dado ocasión para que los escritores contemporáneos menospreciaran sus toscos y rutinarios comentarios y que desconfiaran de ese aparato críptico que suelen manejar.
Es verdad que a esta ojeriza han contribuido notablemente los excesos de las tendencias últimas de la Teoría de la Literatura, que han alumbrado un metalenguaje hermético e ininteligible fuera de los círculos universitarios, más allá de ese reducido plantel de iniciados que emite solemnes sanciones. Pero, sería exagerado e injusto abominar de toda una tradición crítica por las torpezas de algunos comentaristas.
Tampoco podemos llegar a la conclusión de que la desidia intelectual o la pedantería de algunos profesores invalidan ese arte y esa técnica que han cultivado eminentes y cualificados “lectores” que, desde aquellos padres venerables de Alejandría llegan a nuestros días.
Es cierto que para elaborar una obra original, un poeta no necesita conocer demasiada teoría, pero también es verdad que tampoco le vendría mal dominar el funcionamiento de los mecanismos del lenguaje literario, conocer el secreto de sus resortes y acercarse, de vez en cuando, a los que se dedican a la fascinante tarea de sumergirse a las profundas aguas de la teoría literaria para interpretar las complejidades y para valorar los apasionantes enigmas de la belleza.

domingo, 27 de mayo de 2007

Los libros

La cuestión no es coleccionar muchos libros, ni leerlos, ni siquiera memorizarlos, sino digerirlos. ¿Se han dado ustedes cuenta de la reacción generalizada de rechazo que provocan los “eruditos”, esos señores que dan la impresión de ser diccionarios andantes, libros de citas, recopilaciones de fechas, repertorios de lugares o, incluso, prontuarios de ideas?
Y es que los libros, a pesar de los elogios que le dedican permanentemente, son meros soportes de signos significantes cuyos significados dependen, en gran medida, de las aportaciones de los lectores. Las palabras y las ideas enlatadas -igual que el atún- nos alimentan cuando las asimilamos, cuando, gracias a los jugos gástricos -de nuestras propias ideas y de las experiencias personales-, hacemos una buena digestión.
El mero traslado físico de las palabras a la mente del lector puede ser una aportación tan exigua, tan escasamente provechosa, como el transporte de un libro de una estantería a otra. Los libros pueden adornar una habitación y las palabras pueden decorar un discurso pero, si no están convertidos en sustancia propia, si no aumentan nuestra capacidad de interpretación de la realidad cotidiana, si no enriquecen nuestros recursos para resolver los problemas de la supervivencia y la potencia de nuestras luces para iluminar los conflictos de la convivencia, pueden llegar a ser, incluso, unos serios obstáculos para el bienestar humano posible.
Por eso, me permito insistir en que, en vez de leer muchos libros, hemos de leer mejor. Todos sabemos que el índice de compras de libros no expresa el nivel de lectura ni el número de páginas leídas corresponde al volumen de información asimilada. Hay quien, por ejemplo, lee el periódico como si fuera un listín telefónico, y una obra histórica como si fuera un periódico y una novela como si fuera una historia.
No advierten que cada género exige unas claves interpretativas y unas medidas valorativas diferentes. Opino que, en la campaña para la lectura, deberíamos insistir más en la calidad de la lectura que en su cantidad, y pienso que deberíamos orientar la promoción de ventas en la selección de obras más que en su acumulación. Por eso comprendo a María Antonia, que de la misma manera que periódicamente, regala a las bibliotecas públicas los libros que juzga que no volverá a releer.
Recuerdo el comentario que escuché a Fernando Quiñones: “Soy un lector y un escritor, pero no un bibliotecario, por eso me desprendo periódicamente de la mayoría de las obras que ya he leído”. Me atrevo a ir un poco más lejos: deberíamos, de vez en cuando, deshollinar nuestra memoria, para limpiarla de las telarañas mentales, de las ideas, de los pensamientos y de las convicciones que ya no nos sirven.
Una limpieza a fondo de la mente es tan aconsejable como el barrido que periódicamente hacemos de nuestros hogares; la higiene mental exige que desechemos esa información sobrante que nos aturde, nos bloquea y nos empacha. También el espíritu debe evacuar periódicamente las basuras y una de las funciones de la memoria es olvidar.

sábado, 26 de mayo de 2007

Leer literatura

Hay que ver lo difícil que es lograr que los alumnos descubran que el objetivo más importante de la Literatura es disfrutar con los alicientes de la lectura. Es cierto que la mayoría de las vocaciones literarias tienen su origen en los gérmenes que un buen profesor plantó gracias a su habilidad para descubrir los secretos misteriosos, las bellezas placenteras de la lectura concienzuda, plácida y grata de las obras maestras, pero también es verdad que otros muchos aborrecen la literatura como consecuencia de un erróneo planteamiento didáctico de esta asignatura. «Más que a leer -me confesaba con cierto malhumor un alumno- estamos aprendiendo la técnica de los taxidermistas».
Y es que, efectivamente- a veces les enseñamos a desmenuzar un texto, a retirarle la piel, a encontrar la médula, a seguir el curso de cada arteria y de cada vena, y hasta sacarle las entrañas, pero no siempre somos capaces de transmitirles unas fórmulas válidas para que la obra recobre la vida: no sabemos inculcarles la convicción de que leer no es sólo desmenuzar y reconstruir un texto sino, también, recrearlo y recrearse.
A mi juicio, deberíamos poner mayor énfasis para lograr que descubran, en primer lugar, el gusto por la soledad asumida y degustada como un bien que íntimamente les pertenece, como un aval de la paz de su espíritu, como un fruto interior que ellos pueden degustar provechosamente y disfrutar con la necesaria lucidez de quien sabe estar consigo mismo.
Para leer una obra, para entenderla y para contrastarla con nuestras vivencias personales, hemos de aprender a estar solos y en silencio. No debemos olvidar que la capacidad de comunicarnos -la esencia de la lectura- depende, en gran medida, de las posibilidades de aislarnos. A veces, hemos de sentir la necesidad de salirnos de la corriente del río y sentarnos en la orilla para observar los episodios desde fuera. Los acontecimientos se suceden, veloces y caóticos, y engendran remolinos contradictorios e incomprensibles.
  • Es preciso aprender a mirar -por debajo de la superficie- ese fondo submarino por donde todo discurre más despacio. Sólo de esta manera, será posible intentar captar la naturaleza profunda de la historia que estamos leyendo y viviendo.
  • En segundo lugar, hemos de advertir que escribimos y leemos con todo nuestro ser y con todas nuestras facultades: con el cuerpo y con el espíritu, con los sentidos, con las emociones, con la imaginación y con la razón.
  • Y, finalmente, hemos de reconocer que, en la Literatura, las cosas son siempre otras cosas: todos los seres son significantes portadores de significados múltiples.Deberíamos leer más pero, sobre todo, deberíamos leer mejor.
De esta manera ensancharíamos nuestra vida con ese mundo imaginario que nos ayuda a compensar la pobreza de la vida cotidiana. La existencia humana se enriquece cuando somos capaces de gozar de las creaciones del arte, de la pintura, de la escultura, de la música o de la literatura. Si pretendemos hacer ricos a nuestros alumnos, hemos de proponerles fórmulas para que disfruten de esas historias que nos estimulan las ganas de vivir y que han constituido el mejor método de la educación e, incluso, del bienestar psicológico y ético.

viernes, 25 de mayo de 2007

Lectura

Acepto la invitación para seguir profundizando y me atrevo a insistir en que la lectura -manantial, río y mar- es una de las actividades que más contribuyen a ensanchar, a profundizar y a elevar la vida humana:
  • nos proporciona un conocimiento supraindividual y nos abre unos caminos anchos, dilatados y divertidos;
  • nos descubren unas verdes avenidas, que nos acercan a la libertad verdadera; es un inagotable motor de superación personal y un mecanismo impulsor de cambios saludables y de ilusiones nutritivas;
  • es un lazo que liga el pasado con el presente y con el futuro e, incluso, es una práctica terapéutica que nos ayuda a reconciliarnos con nosotros mismos y nos empuja, amigablemente, a luchar para no ser presas prematuras de una muerte inevitable.
Los libros -monumentos y, simultáneamente, documentos- son veneros inagotables de desmesuradas esperanzas y de obstinadas nostalgias;
nos hacen sentir la realidad actual y desentrañar su misterio interno;
  • nos obligan para que no nos limitemos simplemente a transitar por la vida sino a que la examinemos detenidamente, para digerirla y para vivirla, y, además, nos descubre nuevos mundos;
  • nos relacionan con personas insólitas con las que, unas veces, nos identificamos o con las que, otras veces, por el contrario, discrepamos.
Son resortes desencadenantes de pasiones sin fin, símbolos de una realidad que nos trasciende y nos intriga; guías que nos orientan en la permanente búsqueda de nuestra identidad, acompañantes que nos llevan al reencuentro con nosotros mismos a través de los reflejos cambiantes en el espejo de los personajes insólitos; son retratos en movimiento que nos facilitan el reconocimiento de comportamientos nuestros.
La lectura nos estimula la reflexión sobre nuestro ser y sobre nuestro actuar, sobre nuestra realización humana y sobre nuestra trayectoria biográfica. Un buen libro nos educa el buen gusto y nos enseña a valorar lo bello. Leer de manera exigente y, al mismo tiempo, arbitraria, es la única forma de aprender a leer aprendiendo y disfrutando: nos hace tomar conciencia de nuestra existencia y estimula la capacidad crítica y racional que nos mantiene tensa esa inquietud por el crecimiento espiritual, por la palabra precisa y por la imagen bella, por la perfección estética que nace de la filosofía griega.
La lectura nos hace herederos de inmensas fortunas que superan toda nuestra limitada capacidad de disfrute. La lectura es la escuela más grata para la niñez, es el taller y el hogar más acogedor para el adulto y es el asilo más confortable para la vejez.
  • Es la flecha que dirige nuestros anhelos.
  • Es el arco que impulsa y concentra, en una armoniosa unidad, las múltiples voces de los personajes.
  • Es la voz que hace imposible el olvido y, por lo tanto, el silencio definitivo.
La lectura agrupa los mundos complementarios de la imaginación y de la realidad en el universo unificador de la palabra y, cuando es atenta, proporciona una felicidad más intensa, más honda, más completa y mejor repartida entre los hombres.
El libro, puente levadizo de encuentros y de desencuentros es una prueba de amor y de respeto: es el mejor regalo y la expresión más elocuente de gratitud y de afecto.

Leer

Los profesores y los alumnos que se sorprenden cuando escuchan que el objetivo común y último de todos los niveles y de todos los ámbitos de la enseñanza es la lectura, probablemente, no advierten que leer es una destreza compleja en la que intervienen diversos mecanismos y múltiples factores.
Leer palabras no es sólo deletrear grafemas sino, también, profundizar en los sucesos, adentrarse en uno mismo y, al mismo tiempo, acercarse a los otros; es escuchar y hablar; es ser otro sin dejar de ser uno mismo.
Pedro Salinas explica esta operación que, de manera especial, llevamos a cabo cuando leemos una obra literaria: «la lectura de un poema –afirma- nos saca de nuestro ser, nos separa de nuestro yo superficial, pero sólo para llevarnos a nuestro yo más profundo, para devolvernos a nuestro verdadero ser. Se trata de un viaje de ida y vuelta.
Porque, cuando leemos un poema que nos conmueve, el poeta se convierte en parte de nuestro ser y, al mismo tiempo, nuestras emociones se identifican con las suyas: lo que fue del poeta se hace nuestro».
Los teóricos nos dicen que leer es descifrar el significado de las palabras; es contextualizar la información que nos proporciona el texto y situar temporal, espacial y culturalmente los mensajes que nos transmite; es analizar los valores ideológicos, éticos y estéticos.
Nosotros insistimos en que leer es, además, disfrutar, es deleitarse, es gozar del placer estético. Pero hemos de reconocer que sólo podrán alcanzar este nivel placentero de la lectura aquellos lectores privilegiados a los que un profesor experto o una maestro eminente, además de fechas y de nombres propios, les eduque el gusto, les forme el paladar para saborear los placeres estéticos y les desarrolle la sensibilidad literaria, esa compleja facultad integradora que abarca la finura sensorial, la delicadeza sentimental y la agudeza reflexiva, las tres dimensiones diferentes de la belleza.
Aprender literatura, no lo olvidemos, es aprender a leer

Para qué escribo

Aprovecho esta oportunidad para responder a los lectores que, con curiosidad e interés, y de manera insistente y directa, me formulan una pregunta difícil de responder. Pretenden que les explique las razones por las que escribo.
En esta ocasión, plasmaré, de manera desordenada, más que las razones, las sensaciones que me empujan a dejar constancia de mis reflexiones y, sobre todo, los sentimientos que me estimulan para entrar en contacto directo con determinados lectores.
Hemos de partir del supuesto de que escribir es formular, de manera imprecisa e incompleta, las experiencias vividas, pero, además, es abrir puertas y ventanas: las puertas de la libertad y las ventanas de la solidaridad; es cruzar los puentes de la incomprensión; es hacer posible lo imposible; es efectuar el milagro de compartir la intimidad individual e intransferible; es una forma de perderse y de encontrarse; es crear lazos de amistad; es hacer partícipes a otros de las propias sensaciones, sentimientos y pensamientos.
Escribir es jugar a descubrirnos y a escondernos: es tratar de convertirnos en una especie de niños traviesos que jugamos para divertirnos. Sí, escribo para cometer travesuras obvias, inocentes y perdonables.Es declarar, con modestia, cómo vemos lo que otros no ven o ven de otra manera. Es una forma de no olvidarnos de lo más importante de nuestras vidas: del amor y de la amistad, de la ignorancia y de los temores, de la sabiduría y del arte.
Escribir es una forma de hacer que permanezcan inalteradas las experiencias vitales, sin que influyan en los mensajes los cambios que experimentados en nuestra voz y en nuestro rostro.
Escribir es una manera de curarnos, de recuperarnos, de vivir sin morir completamente. En los textos escritos queda algo -quizás lo más auténtico- de nosotros mismos. El ser más inesperado es uno mismo.
  • Escribo para explicarme y para hacer a los demás partícipes de mi vida, para confiarles los secretos más importantes.
  • Escribo para comprenderme a mí mismo y para que me comprendan los demás. Escribo para crear y para procrear.
  • Escribo para hablar con voces desconocidas.
  • Escribo para transmitir mensajes inimaginados. Para entrar en el alma de otros e influir en sus estados de ánimo; para inventar rostros.
  • Escribo para volar: el mundo no es mágico; lo hacemos mágico dentro de nosotros mismos; el misterio está dentro de nosotros: igual que la felicidad. Escribo para internarme en los pliegues invisibles de la intimidad de los otros; para ayudar a otros que pretenden entrar dentro de ellos mismos, para conservar y para ganar amigos, para enamorarme y para volverme a enamorar; para mostrarles a todos ustedes mi respeto y mi admiración.
Ahora mismo estoy leyendo unas declaraciones de Salvador Pániker en el acto de presentación de uno de sus libros: “escribir -afirma- es verbalizar las emociones, es digerir respuestas emocionales: yo escribo el diario para tenerme en pie porque hacerlo permite llevar a cabo una terapia cognitiva.