sábado, 26 de mayo de 2007

Leer literatura

Hay que ver lo difícil que es lograr que los alumnos descubran que el objetivo más importante de la Literatura es disfrutar con los alicientes de la lectura. Es cierto que la mayoría de las vocaciones literarias tienen su origen en los gérmenes que un buen profesor plantó gracias a su habilidad para descubrir los secretos misteriosos, las bellezas placenteras de la lectura concienzuda, plácida y grata de las obras maestras, pero también es verdad que otros muchos aborrecen la literatura como consecuencia de un erróneo planteamiento didáctico de esta asignatura. «Más que a leer -me confesaba con cierto malhumor un alumno- estamos aprendiendo la técnica de los taxidermistas».
Y es que, efectivamente- a veces les enseñamos a desmenuzar un texto, a retirarle la piel, a encontrar la médula, a seguir el curso de cada arteria y de cada vena, y hasta sacarle las entrañas, pero no siempre somos capaces de transmitirles unas fórmulas válidas para que la obra recobre la vida: no sabemos inculcarles la convicción de que leer no es sólo desmenuzar y reconstruir un texto sino, también, recrearlo y recrearse.
A mi juicio, deberíamos poner mayor énfasis para lograr que descubran, en primer lugar, el gusto por la soledad asumida y degustada como un bien que íntimamente les pertenece, como un aval de la paz de su espíritu, como un fruto interior que ellos pueden degustar provechosamente y disfrutar con la necesaria lucidez de quien sabe estar consigo mismo.
Para leer una obra, para entenderla y para contrastarla con nuestras vivencias personales, hemos de aprender a estar solos y en silencio. No debemos olvidar que la capacidad de comunicarnos -la esencia de la lectura- depende, en gran medida, de las posibilidades de aislarnos. A veces, hemos de sentir la necesidad de salirnos de la corriente del río y sentarnos en la orilla para observar los episodios desde fuera. Los acontecimientos se suceden, veloces y caóticos, y engendran remolinos contradictorios e incomprensibles.
  • Es preciso aprender a mirar -por debajo de la superficie- ese fondo submarino por donde todo discurre más despacio. Sólo de esta manera, será posible intentar captar la naturaleza profunda de la historia que estamos leyendo y viviendo.
  • En segundo lugar, hemos de advertir que escribimos y leemos con todo nuestro ser y con todas nuestras facultades: con el cuerpo y con el espíritu, con los sentidos, con las emociones, con la imaginación y con la razón.
  • Y, finalmente, hemos de reconocer que, en la Literatura, las cosas son siempre otras cosas: todos los seres son significantes portadores de significados múltiples.Deberíamos leer más pero, sobre todo, deberíamos leer mejor.
De esta manera ensancharíamos nuestra vida con ese mundo imaginario que nos ayuda a compensar la pobreza de la vida cotidiana. La existencia humana se enriquece cuando somos capaces de gozar de las creaciones del arte, de la pintura, de la escultura, de la música o de la literatura. Si pretendemos hacer ricos a nuestros alumnos, hemos de proponerles fórmulas para que disfruten de esas historias que nos estimulan las ganas de vivir y que han constituido el mejor método de la educación e, incluso, del bienestar psicológico y ético.

viernes, 25 de mayo de 2007

Lectura

Acepto la invitación para seguir profundizando y me atrevo a insistir en que la lectura -manantial, río y mar- es una de las actividades que más contribuyen a ensanchar, a profundizar y a elevar la vida humana:
  • nos proporciona un conocimiento supraindividual y nos abre unos caminos anchos, dilatados y divertidos;
  • nos descubren unas verdes avenidas, que nos acercan a la libertad verdadera; es un inagotable motor de superación personal y un mecanismo impulsor de cambios saludables y de ilusiones nutritivas;
  • es un lazo que liga el pasado con el presente y con el futuro e, incluso, es una práctica terapéutica que nos ayuda a reconciliarnos con nosotros mismos y nos empuja, amigablemente, a luchar para no ser presas prematuras de una muerte inevitable.
Los libros -monumentos y, simultáneamente, documentos- son veneros inagotables de desmesuradas esperanzas y de obstinadas nostalgias;
nos hacen sentir la realidad actual y desentrañar su misterio interno;
  • nos obligan para que no nos limitemos simplemente a transitar por la vida sino a que la examinemos detenidamente, para digerirla y para vivirla, y, además, nos descubre nuevos mundos;
  • nos relacionan con personas insólitas con las que, unas veces, nos identificamos o con las que, otras veces, por el contrario, discrepamos.
Son resortes desencadenantes de pasiones sin fin, símbolos de una realidad que nos trasciende y nos intriga; guías que nos orientan en la permanente búsqueda de nuestra identidad, acompañantes que nos llevan al reencuentro con nosotros mismos a través de los reflejos cambiantes en el espejo de los personajes insólitos; son retratos en movimiento que nos facilitan el reconocimiento de comportamientos nuestros.
La lectura nos estimula la reflexión sobre nuestro ser y sobre nuestro actuar, sobre nuestra realización humana y sobre nuestra trayectoria biográfica. Un buen libro nos educa el buen gusto y nos enseña a valorar lo bello. Leer de manera exigente y, al mismo tiempo, arbitraria, es la única forma de aprender a leer aprendiendo y disfrutando: nos hace tomar conciencia de nuestra existencia y estimula la capacidad crítica y racional que nos mantiene tensa esa inquietud por el crecimiento espiritual, por la palabra precisa y por la imagen bella, por la perfección estética que nace de la filosofía griega.
La lectura nos hace herederos de inmensas fortunas que superan toda nuestra limitada capacidad de disfrute. La lectura es la escuela más grata para la niñez, es el taller y el hogar más acogedor para el adulto y es el asilo más confortable para la vejez.
  • Es la flecha que dirige nuestros anhelos.
  • Es el arco que impulsa y concentra, en una armoniosa unidad, las múltiples voces de los personajes.
  • Es la voz que hace imposible el olvido y, por lo tanto, el silencio definitivo.
La lectura agrupa los mundos complementarios de la imaginación y de la realidad en el universo unificador de la palabra y, cuando es atenta, proporciona una felicidad más intensa, más honda, más completa y mejor repartida entre los hombres.
El libro, puente levadizo de encuentros y de desencuentros es una prueba de amor y de respeto: es el mejor regalo y la expresión más elocuente de gratitud y de afecto.

Leer

Los profesores y los alumnos que se sorprenden cuando escuchan que el objetivo común y último de todos los niveles y de todos los ámbitos de la enseñanza es la lectura, probablemente, no advierten que leer es una destreza compleja en la que intervienen diversos mecanismos y múltiples factores.
Leer palabras no es sólo deletrear grafemas sino, también, profundizar en los sucesos, adentrarse en uno mismo y, al mismo tiempo, acercarse a los otros; es escuchar y hablar; es ser otro sin dejar de ser uno mismo.
Pedro Salinas explica esta operación que, de manera especial, llevamos a cabo cuando leemos una obra literaria: «la lectura de un poema –afirma- nos saca de nuestro ser, nos separa de nuestro yo superficial, pero sólo para llevarnos a nuestro yo más profundo, para devolvernos a nuestro verdadero ser. Se trata de un viaje de ida y vuelta.
Porque, cuando leemos un poema que nos conmueve, el poeta se convierte en parte de nuestro ser y, al mismo tiempo, nuestras emociones se identifican con las suyas: lo que fue del poeta se hace nuestro».
Los teóricos nos dicen que leer es descifrar el significado de las palabras; es contextualizar la información que nos proporciona el texto y situar temporal, espacial y culturalmente los mensajes que nos transmite; es analizar los valores ideológicos, éticos y estéticos.
Nosotros insistimos en que leer es, además, disfrutar, es deleitarse, es gozar del placer estético. Pero hemos de reconocer que sólo podrán alcanzar este nivel placentero de la lectura aquellos lectores privilegiados a los que un profesor experto o una maestro eminente, además de fechas y de nombres propios, les eduque el gusto, les forme el paladar para saborear los placeres estéticos y les desarrolle la sensibilidad literaria, esa compleja facultad integradora que abarca la finura sensorial, la delicadeza sentimental y la agudeza reflexiva, las tres dimensiones diferentes de la belleza.
Aprender literatura, no lo olvidemos, es aprender a leer

Para qué escribo

Aprovecho esta oportunidad para responder a los lectores que, con curiosidad e interés, y de manera insistente y directa, me formulan una pregunta difícil de responder. Pretenden que les explique las razones por las que escribo.
En esta ocasión, plasmaré, de manera desordenada, más que las razones, las sensaciones que me empujan a dejar constancia de mis reflexiones y, sobre todo, los sentimientos que me estimulan para entrar en contacto directo con determinados lectores.
Hemos de partir del supuesto de que escribir es formular, de manera imprecisa e incompleta, las experiencias vividas, pero, además, es abrir puertas y ventanas: las puertas de la libertad y las ventanas de la solidaridad; es cruzar los puentes de la incomprensión; es hacer posible lo imposible; es efectuar el milagro de compartir la intimidad individual e intransferible; es una forma de perderse y de encontrarse; es crear lazos de amistad; es hacer partícipes a otros de las propias sensaciones, sentimientos y pensamientos.
Escribir es jugar a descubrirnos y a escondernos: es tratar de convertirnos en una especie de niños traviesos que jugamos para divertirnos. Sí, escribo para cometer travesuras obvias, inocentes y perdonables.Es declarar, con modestia, cómo vemos lo que otros no ven o ven de otra manera. Es una forma de no olvidarnos de lo más importante de nuestras vidas: del amor y de la amistad, de la ignorancia y de los temores, de la sabiduría y del arte.
Escribir es una forma de hacer que permanezcan inalteradas las experiencias vitales, sin que influyan en los mensajes los cambios que experimentados en nuestra voz y en nuestro rostro.
Escribir es una manera de curarnos, de recuperarnos, de vivir sin morir completamente. En los textos escritos queda algo -quizás lo más auténtico- de nosotros mismos. El ser más inesperado es uno mismo.
  • Escribo para explicarme y para hacer a los demás partícipes de mi vida, para confiarles los secretos más importantes.
  • Escribo para comprenderme a mí mismo y para que me comprendan los demás. Escribo para crear y para procrear.
  • Escribo para hablar con voces desconocidas.
  • Escribo para transmitir mensajes inimaginados. Para entrar en el alma de otros e influir en sus estados de ánimo; para inventar rostros.
  • Escribo para volar: el mundo no es mágico; lo hacemos mágico dentro de nosotros mismos; el misterio está dentro de nosotros: igual que la felicidad. Escribo para internarme en los pliegues invisibles de la intimidad de los otros; para ayudar a otros que pretenden entrar dentro de ellos mismos, para conservar y para ganar amigos, para enamorarme y para volverme a enamorar; para mostrarles a todos ustedes mi respeto y mi admiración.
Ahora mismo estoy leyendo unas declaraciones de Salvador Pániker en el acto de presentación de uno de sus libros: “escribir -afirma- es verbalizar las emociones, es digerir respuestas emocionales: yo escribo el diario para tenerme en pie porque hacerlo permite llevar a cabo una terapia cognitiva.

jueves, 24 de mayo de 2007

Sintonía escritora

Efectivamente -les repito a los sorprendidos lectores que me formulan la pregunta- ser escritor es algo más que ser redactor. Para redactar de manera correcta y clara, es suficiente que desarrollemos las destrezas del lenguaje escrito; que logremos el dominio de las normas ortográficas, de las reglas gramaticales y de las pautas léxicas. Pero, para que lleguemos a ser escritores, es necesario que estemos dotados, además de otras cualidades, de una singular capacidad de sintonía -mental, vital y práctica- con los lectores. La sintonía es la facultad de estar próximos, presentes y activos en la vida de nuestros interlocutores, y escribir, en el sentido más noble de esta palabra, es una manera eficaz de intervenir y de movilizarnos en favor de aquellos a los que comprendemos y con quienes consentimos. Por muchos procedimientos lingüísticos y por muchos recursos literarios que empleemos, no lograremos ser escritores si carecemos de una peculiar sensibilidad para comprender a los lectores, para identificarnos con sus expectativas, sus demandas y sus necesidades; para acoger sus ruegos e intuir sus preguntas no expresadas; para compartir sus esperanzas, sus alegrías, sus frustraciones y los problemas de sus vidas cotidianas. Hemos de ser capaces de encontrar a los acompañantes que buscan soluciones, y hemos de estar dispuestos a dialogar con los conciudadanos que experimentan, sobre todo, las punzadas de los dolores o las cuchilladas de las injusticias. Hemos de establecer con ellos lazos de relación y comunicación, y hemos de amarlos y de comprometernos con ellos física, psicológica y moralmente; hemos de desarrollar la capacidad -en una palabra- de servicio.Escribir no es sólo traducir en signos gráficos sonidos articulados, sino penetrar en el fondo de la mente de los lectores para sintonizar con sus vivencias y para entrar en comunión afectiva: para sentir con ellos y dejarnos afectar por sus sentimientos, poniéndonos en su lugar y asumiendo su situación. Al con-sentir con ellos, además de enriquecer nuestra propia humanidad, logramos saber qué pasa dentro de nosotros mismos e, incluso, conseguimos que nuestra escritura sea más auténtica y más transparente; al penetrar en la profundidad de su intimidad, de sus alegrías y de sus dolores, nos acercamos a nuestra intimidad.Estas son las razones por las que -sorprendido lector- defiendo que la escritura válida es el reverso de la escritura “narcisista”. El que escribe de sí mismo manifiesta esa inmadurez que esconde su lacerante duda de si es digno de ser amado y respetado. Por eso trata de deslumbrar a los demás: para decirse a sí mismo -sin acabar nunca de creérselo- que vale. Por ello es tan sensible a la desaprobación y tiene tanta dificultad para estar pendiente de los demás. El escritor narcisista intenta reflejarse en todo lo que dice, corriendo el peligro de ahogarse, como Narciso, en su propio estanque

Nuestra noción de "literatura"

Todos sabemos que escribir es plasmar, mediante signos gráficos, sonidos articulados que, enlazados de acuerdo con las normas de una determinada lengua, constituyen palabras, oraciones y frases, dotadas de significados y portadoras de mensajes. La escritura, efectivamente, es un soporte físico y visual de pensamientos, de sensaciones y de sentimientos. Gracias a la escritura podemos exteriorizar y contemplar, hasta cierto punto objetivado, lo más profundo de nuestras vivencias interiores.Aunque se suele repetir con ingenua seguridad que hemos de escribir como hablamos, nosotros opinamos que la escritura es una actividad lingüística diferenciada del lenguaje oral; es una tarea cuyo ejercicio exige el dominio de destrezas peculiares. Todos conocemos a eminentes hablantes que, a pesar de demostrar una notable habilidad en los discursos orales, evidencian una considerable torpeza en la elaboración de textos escritos: poseen buena voz y mala letra, pronuncian adecuadamente los sonidos pero cometen faltas de ortografía; construyen frases correctas cuando hablan y errores gramaticales cuando escriben; exhiben fluidez verbal cuando pronuncian conferencias y revelan pobreza léxica cuando redactan un artículo. Pero escribir es todo esto y mucho más: es, sobre todo, penetrar en el fondo oscuro del misterio de la propia conciencia, indagar el sentido de las aspiraciones humanas; identificar las cuestiones que inquietan a los lectores, despertar su interés vital acertar con los senderos que conducen a las capas profundas de sus entreveradas entrañas; conectar con sus sensibilidades; abrirles las puertas de su alma; inquietar y serenar los ánimos; preguntar y responder; plantear problemas y proponer soluciones; tocar el cuerpo material de las ideas y desvelar el espíritu de los objetos materiales. Escribir es pintar, esculpir y edificar; es, sobre todo, levantar puentes, trazar avenidas y abrir surcos por los que discurra la corriente fecunda de la vida.