sábado, 20 de junio de 2009

Añoveros

Añoveros
José Antonio Hernández Guerrero

El 13 de junio, hace exactamente cien años, nació Antonio Añoveros, un hombre apacible, esperanzado y valiente, que se empeñó en explicar el Evangelio con palabras claras y que decidió vivirlo de una manera coherente. Es comprensible que esa claridad y esa coherencia provocaran la mayor crisis entre la Iglesia Católica y el régimen franquista agonizante. ¿Cuál hubiera sido - nos preguntamos- su actitud en el seno de la actual Conferencia Episcopal?
Al conmemorar este centenario recordamos su paso como Obispo Coadjutor -1954-1964-, y residencial -1964-1971-, en la Diócesis de Cádiz y Ceuta. Aunque es normal que la mayoría de los medios de comunicación fijen su atención en la acción pastoral que Añoveros desarrolló en la delicada Diócesis de Vizcaya, debido a la reacción desproporcionada del Gobierno de Franco por aquella pastoral que, publicada en 1974, hacía un llamamiento para que se reconociera la identidad cultural y lingüística del pueblo vasco, nosotros preferimos resaltar las dimensiones de su talla humana y la calidad de su compromiso evangélico.
En mi opinión, la palabra “cercanía” resume acertadamente la rica personalidad de este obispo que, en vez de padre, prefirió ser hermano y amigo. Su proximidad al pueblo y su contacto vivo con las gentes constituían, además del resultado visible de sus cualidades naturales y de sus virtudes pacientemente trabajadas, la explicación más clara de su lectura del Evangelio. Su cariño, su humanidad, su cortesía, su permanente disposición para oír era su traducción literal de su profunda fe en las palabras de Jesús de Nazaret. Por eso se sentía a gusto en la calle conversando con sus gentes.
El Evangelio -repetía con frecuencia- no sólo es un contenido, sino también un estilo. Por eso se esforzó en sustituir todos los símbolos de poder, de dominio, de grandeza, de dignidad, de lujo, de importancia, de brillo y de riqueza. Por eso, prefirió vivir en un apartamento, viajar en tren, vestir el color negro y cubrirse su calva con la boina.
Progresivamente fue pasando del sermón a la homilía, a la plática, al coloquio, al diálogo y a la conversación. Los términos abstractos -"salvación", "abnegación", "esperanza"...- se convirtieron en palabras concretas: hablaba del vecino de al lado, del sueldo injusto, de la vivienda insuficiente, del campo abandonado. Su público interlocutor se fue reduciendo hasta encontrar a la persona. "Es ahí donde tenemos que sembrar", "ahí donde se sufre y se disfruta", "donde se ama y se odia", "donde se cree y se espera".
Si Juan XXIII fue un "Papa-Obispo", Añoveros fue un "Obispo-Párroco” que visitaba las viviendas, que paseaba por las calles; que entraba y salía, que, con mirada amorosa y crítica, escuchaba atentamente y, después, aconsejaba. Si el episcopado de muchos de los obispos de aquellos tiempos se caracterizaba por su carácter disciplinario, el de Añoveros se definió por su dimensión pastoral. El principio en el que apoyaba toda su doctrina -esquemática y clara- y el criterio -flexible y cambiante- que orientaba sus tareas y determinaba la validez de sus actividades episcopales eran eminentemente apostólicos entendiendo por tal la atención a las demandas reales y la respuesta evangélica a las necesidades concretas de los fieles, de los necesitados y marginados de las Diócesis de Cádiz y Ceuta.

lunes, 8 de junio de 2009

Los libros están hechos de palabras, pero nuestra vida también. Ser hombre es vivir en el lenguaje, recibir esos dones que, en gran parte, se confunden con las palabras. Stéphane Mallarmé dijo que el mundo se creó para culminar en un hermoso libro, y vivimos tratando que nuestra vida se transforme en una historia que merezca la pena escuchar.
....
El amor es una esperiencia así. Transcurre en el mundo, es una experiencia que pertenece a campo de lo real, pero a la vez es una experiencia poética. Los momentos más intensos de nuestra vida tienen una naturaleza doble: suceden a la vez en el mundo real y en el de los sueños. La única manera de escapar a la literatura es dejar vivir o tener una vida vulgar.
Gustavo Martín Garzo.

miércoles, 18 de marzo de 2009



“La experiencia se define por su capacidad de transformar al sujeto: lo que queda por debajo de esto es pasatiempo, pero no experiencia.
Maurice Nadeu dijo que las grandes novelas son aquellas que transforman al escritor, al hacerlas, al lector al leerlas. La observación es generalizable a las demás formas de creación artística. Las artes plásticas son más que decoración, la literatura más que un pasarratos.
Toda la buena poesía es poesía didáctica. Autodidáctica, para ser más preciso: enseña al poeta que escribe cosas (sobre sí mismo y sobre e mundo) que él desconocía. Lo peor (casi) que puede decirse de un poeta: ninguno de sus poemas le enseñó nunca nada.
Una novela no se escribe con la cabeza, ha dicho Ernesto Sábato, sino con todo el cuerpo. Exactamente lo mismo afirmó Heiner Müller del teatro: para él, escribirlo llega a ser una experiencia física. Se me permitirá entonces que desconfíe de la poesía que no se escribe con todo el cuerpo: con cerebro e hígado, con manos y sexo, con recuerdo y anticipaciones, con luchas y caricias, con presente, pasado y futuro”. Jorge Riechmann, 1998, Canciones allende lo humano, Madrid, Hiparión: 17.

lunes, 9 de marzo de 2009

Mediante la literatura, no sólo contemplamos la vida con nuevos ojos, sino que también la completamos y la compartimos.

jueves, 12 de febrero de 2009

"La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura" Marcel Proust

sábado, 12 de julio de 2008



Juan Ramón Jiménez afirma que escribir poesía es, en primer lugar, una forma de trabajar en la construcción del yo o en la formación de la conciencia:
La escritura es una reconstrucción del mundo, una interpretación de la realidad que, al mismo tiempo que la recrea, recrea al poeta.
Quiero... suplir con belleza las fealdades o darles melodía simplemente; hacerme, en suma, yo mismo, otra vez, desde lo primero, y a mi gusto. Porque esto es el arte, gusto, deleite, encanto; echarse a conciencia y heroicamente, a un tiempo, en la tabla del mundo y jirar con él, a su música infinita, por los eternos espacios.
Juan Ramón Jiménez

La literatura es, por lo tanto,
1.- Recreación de la realidad
2.- Recreación del yo
3.- Por medio de la palabra

1.- Recreación de la realidad
La Literatura es una visión, una interpretación y una reconstrucción -recreación- de la realidad. La Poesía, como todos sabemos, es la forma suprema de expresión humana y el instrumento más potente de creación estética; su función principal consiste en transformar el mundo descubriendo el valor profundo, la nobleza íntima y la belleza esencial de cada cosa.
El Poeta -con mayúsculas-
- es el ser privilegiado, profeta e iluminado, que dota de sentido a los objetos y que extrae significados de los movimientos;
- es el vidente que proporciona existencia a las ideas, vida a las imágenes, alma a los cuerpos y espíritu a la materia.
La Poesía -fuente de la que brotan y cumbre en la que convergen las diferentes artes- es la facultad omnipotente de transformar las palabras en música, en escultura, en arquitectura y en pintura[1].

Recreación del yo
El profesor Javier Blasco reproduce unas notas inéditas el poeta de Moguer:

“En 1916, enero, en el traqueteante tren, camino de Cádiz para embarcarme a América, empecé a escribir unas notas en verso libre que yo consideré provisionales en el primer momento… Al llegara Cádiz, y ponerlas en limpio en el reposado cuarto del Hotel Francia, comprendí que era el germen de un nuevo yo poético…”

Los poemas de la primera época de Juan Ramón nos conducen a la representación del mundo que late en el interior de su conciencia.

Sólo al enfrentarse con el mundo, el yo adquiere conciencia clara y distinta de su radical mismiedad, porque, en última instancia, la apertura inquisitiva del mundo y la construcción del yo son una sola y misma aventura. Vivir -escribir- es crecer, ensancharse, ahondar en uno mismo[2]

Por medio de la palabra
¿Qué senda tomamos para emprender esa aventura?

La de los nombres[3].
Lo tratan, de una manera especial, Jorge Guillén, Pedro Salinas y Vicente Aleixandre[4].
Pedro Salinas se siente profundamente afectado por la tensión entre el decir y lo dicho que se presenta en su práctica poética como una aventura hacia lo absoluto, un absoluto enigmático, eufórico y trágico. Recuerden el poema aquel que empieza

“¿Tú sabes lo que eresde mí?¿Sabes tú el nombre? No esel que todos te llamanesa palabra usadaque se dicen las gentes,se besan o se quieren,porque ya se lo han dichootros que se besaron.
Nombrar la realidad implica una invención permanente de nuevas relaciones entre el yo y las cosas, y, por tanto, una redefinición y una recreación permanente del universo como sistema[5]:

Creemos los nombres.
Derivarán los hombres.
Luego derivarán las cosas.

En la actualidad, no podemos pensar sin imaginar, ni imaginar sin sentir, ni sentir sin hablar. Para eso nos sirve la poesía: para comprender las realidades misteriosas a partir de realidades cotidianas. La Vía Láctea nació cuando se escaparon unas gotas de leche del pecho de la diosa Juno. Las estrellas eran las salpicaduras de esa leche divina en el manto celeste. “Escribirnos no es más que recrearnos, crearnos una segunda vida… y dejarla en manos de otros”.
La realidad no se nos ofrece en plenitud hasta que no la desnudamos con nuestra mirada y con nuestra palabra. Entonces, y sólo entonces, se
“YO sólo Dios y padre y madre míos,
me estoy haciendo, día y noche, nuevo
y a mi gusto.
Seré más yo, porque me hago
conmigo mismo,
conmigo sólo,
hijo también y hermano, a un tiempo
que madre y padre y Dios.
Lo seré todo,
pues que mi alma es infinita;
y nunca moriré, pues que soy todo.
¡Qué gloria, qué deleiten, qué alegría,
qué olvido de las cosas,
en esta nueva voluntad,
en este hacerme yo a mí mismo eterno!
Juan Ramón Jiménez

eleva hasta su nombre”, convertida -en un acto creador- en conciencia, ese concepto central del en la última escritura de Juan Ramón.[1]
[2]
[3]El poder de los nombres inquietó a los poetas pero también a los profetas de la Biblia, a los filósofos de la Antigüedad, a Heráclito, a Platón, a los lingüistas modernos, a los lógicos, a los psicoanalistas y a los teóricos de la literatura. En la historia de la literatura española el problema de los nombres ya fue planteado por Cervantes a lo largo del Quijote y por Garcilaso. En la poesía moderna de lengua española son los poetas de la generación del 27 los que se ocupan del papel de los nombres en la poesía. La operación radical de la poesía es nombrar.
[4] Max Scheler (Munich, 22 de agosto de 1874 – Frankfurt am Main, 19 de mayo de 1928) Filósofo alemán, de gran importancia en el desarrollo de la filosofía de los valores, la sociología del saber sociolo y la antropología filosófica, además de ser un clásico dentro de la filosofía de la religión. De origen alemán, madre judía y padre protestante. Esencia y formas de la simpatía. Salamanca, 2005; Gramática de los sentimientos: lo emocional como fundamento de la ética. Editorial Crítica. Barcelona. 2003.
[5] Recordamos ahora el ensayo de Jorge Luis Borges, Historia de los ecos de un nombre, en el que formula la hipótesis de el nombre innombrable de Dios; el nombre que muchas tribus ocultan para que no sea sometido a operaciones mágicas (como lo demuestran estudios antropológicos); el nombre del Otro que soy y que me sueña. Estas hipótesis nos enfrentan con tres líneas: la religiosa, la mítica y la poética.“Larga tragedia” recalca el papel del poeta como “agonista” (Miguel de Unamuno), en esfuerzo constante por sobrepasarse (Max Scheler, Ortega y Gasset). Introduce, además, el importante subtema de la “salvación”, que es lo que la poesía llega a ser a fin de cuentas. Un poema es algo que quiere no pasar, una resistencia a pasar, que toda hechura de palabra. … Patética criatura del sentimiento agónico, entre todos los lenguajes, el lenguaje de la poesía” (Jorge Manrique, E I, 441)
Este sentimiento agónico abarca igualmente la angustia existencial –de aquí que los algunos críticos hayan señalado la lucha contra la nada, contra la finalidad como el tema central de esta poesía- y la pasión amorosa, confirmando, así, que para Salinas amar es igual a vivir y añadiendo otro subtema presente en toda su obra, la inevitabilidad del sufrimiento: Hay que vivirse en la memoria, aunque sea pena, porque la pena es, cuando ya lo demás cesó de ser, (Jorge Manrique, 442): conditio sine qua non del amor cortés que adquiere matices muy modernos en los versos salinianos[5].


jueves, 26 de junio de 2008

Goytisolo

Cuando empecé a escribir, basándome en mi experiencia de lector, en lo mucho que habían llegado a influir en mí determinadas obras, veía yo en la novela un instrumento de comprensión del mundo superior a la filosofía o la ciencia por su capacidad de referirse a la vez a lo abstracto y lo concreto, una especie de arma secreta superior incluso a los textos religiosos en la medida en que su vigencia se mantenía intacta con el transcurso del tiempo sin precisar el recurso de la fe como justificación última de las aparentes incongruencias propias de éstos. Y, en el terreno personal, la escritura se convertía en el instrumento liberador por excelencia, toda vez que su ejercicio significaba una profundización en el conocimiento de uno mismo no menos que en el del mundo, en el de ese yo, principal protagonista, a fin de cuentas, de conocimiento transformador. Es decir: un ejercicio de conocimiento equiparable al aseo personal o al ejercicio físico, de cumplimiento casi supersticioso, realizado a diario incluso en las circunstancias más adversas, tales como la mili o la cárcel.

Luis Goytisolo, 1992, Estatua con palomas, Ediciones Destino, Barcelona: 265


La novela
- un instrumento de comprensión del mundo
- en el terreno personal, la escritura se convertía en el instrumento liberador por excelencia
- una vía por la que penetramos en el interior de uno mismo y del mundo

domingo, 25 de mayo de 2008

Pregunta

La literatura nos pregunta sobre nosotros mismos, nos cuestiona nuestra forma de vivir e interpela nuestras categorías de valores. Nos hace dudar de nuestras convicciones. ¿Quién soy yo? ¿Quién es el otro? Nos distancia y nos acerca a nosotros mismos y a los demás.

¿SOY yo quien anda esta noche
por mi cuarto, o el mendigo
que rondaba mi jardín
al caer la tarde...? Miro
en torno y hallo que todo
es lo mismo y no es lo mismo...
¿La ventana estaba abierta?
¿Yo no me había dormido?
¿El jardín no estaba blanco
de luna...? El cielo era limpio
y azul... Y hay nubes y viento
y el jardín está sombrío...
Creo que mi barba era
negra... yo estaba vestido
de gris... y mi barba es blanca
y estoy enlutado... ¿Es mío
este andar? Tiene esta voz
que ahora suena en mí, los ritmos
de la voz que yo tenía?
¿Soy yo... ¿o soy el medigo?
que rondaba mi jardín
al caer la tarde...? Miro
en torno... Hay nubes y viento...
El jardín está sombrío...
Y voy y vengo... ¿Es que yo
no me había dormido?
Mi barba blanca... Y todo
es lo mismo y no es lo mismo...
Juan Ramón Jiménez, Jardines lejanos

sábado, 24 de mayo de 2008

Creación y recreación

La Literatura es una visión, una interpretación y una reconstrucción -recreación- de la realidad.

La Poesía, como todos sabemos, es la forma suprema de expresión humana y el instrumento más potente de creación estética; su función principal consiste en transformar el mundo descubriendo el valor profundo, la nobleza íntima y la belleza esencial de cada cosa.

El Poeta -con mayúsculas-

- es el ser privilegiado, profeta e iluminado, que dota de sentido a los objetos y que extrae significados de los movimientos;

- es el vidente que proporciona existencia a las ideas, vida a las imágenes, alma a los cuerpos y espíritu a la materia.

La Poesía -fuente de la que brotan y cumbre en la que convergen las diferentes artes- es la facultad omnipotente de transformar las palabras en música, en escultura, en arquitectura y en pintura.

Recordemos que la poesía nació unida a la música y la música al baile, que inicialmente poseía un carácter litúrgico y sagrado. No olvidemos que el verso es anterior a la prosa, y el canto anterior al verso y el baile anterior al canto.

Sí, el primer lenguaje fue el corporal y, tras él, el hombre usó el grito. Los sensualistas afirman -y repiten después los darwinistas- que el grito partió de aquel gruñido mediante el cual cierta estirpe de simios trataba de imitar los sonidos que la naturaleza producía: el gorgoteo del agua, el chasquido de los cuerpos y el fragor de las fieras.

Cada uno de aquellos gruñidos ahora se han transformado en una palabra dulce o profunda, de igual forma que algunos de los salvajes mordiscos del primer hombre han terminado siendo un beso.


Con el tiempo, la voz humana se ha enriquecido con infinitos matices y éstos se han adaptado a las variaciones posibles de los sueños, de las imágenes, de las sensaciones y de los sentimientos.

En la actualidad, no podemos pensar sin imaginar, ni imaginar sin sentir, ni sentir sin hablar. Para eso nos sirve la poesía: para comprender las realidades misteriosas a partir de realidades cotidianas. La Vía Láctea nació cuando se escaparon unas gotas de leche del pecho de la diosa Juno. Las estrellas eran las salpicaduras de esa leche divina en el manto celeste.

Literatura

La literatura nos sirve para acercarnos y para alejarnos de la realidad, para penetrar en nuestro interior y para contemplarnos desde fuera.

Nos hace -pensar y reflexionar,
-sentir y emocionarnos,
- disfrutar y sufrir,
-llorar y reír,
-y, en cierta medida, nos puede ayudar para que humanicemos nuestras relaciones,
-aunque a veces la usemos para deshumanizar la sociedad.

La literatura nos puede ayudar a defendernos
· de los ataques de la vulgaridad estética de la sociedad y de la brutalidad política de los poderosos,
· de la ordinariez ambiental y de la crueldad institucional.

El origen común y más hondo de los géneros literarios, nace en la necesidad que la vida humana siente de expresarse o, dicho de una manera más concreta, se origina en ese ansia honda que, a veces experimentamos, de dibujar unos seres que, parecidos o diferentes a nosotros, expresen nuestras recónditas aspiraciones.

Crear y recrear

La escritura crea la realidad y nos recrea a nosotros

Quiero... suplir con belleza las fealdades o darles melodía simplemente; hacerme, en suma, yo mismo, otra vez, desde lo primero, y a mi gusto. Porque esto es el arte, gusto, deleite, encanto; echarse aconciencia y heroicamente, a un tiempo, en la tabla del mundo y jirar con él, a su música infinita, por los eternos espacios.
Juan Ramón Jiménez

Crecer

Vivir -escribir- es crecer, ensancharse, ahondar en uno mismo

YO sólo Dios y padre y madre míos,
me estoy haciendo, día y noche, nuevo
y a mi gusto.
Seré más yo, porque me hago
conmigo mismo,
conmigo sólo,
hijo también y hermano, a un tiempo
que madre y padre y Dios.
Lo seré todo,
pues que mi alma es infinita;
y nunca moriré, pues que soy todo.
¡Qué gloria, qué deleitem, qué alegría,
qué olvido de las cosas,
em esta nueva voluntad,
en este hacerme yo a mí mismo eterno!
Juan Ramón Jiménez

La palabra literaria crea la realidad y nos la ofrece como don: la recrea y nos la regala

¡INTELIJENCIA, dame
el nombre exacto de las cosas!
...Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas...
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas.
Juan Ramón Jiménez, Eternidades

viernes, 7 de diciembre de 2007

Literatura

La literatura es el cauce más adecuado para relatar la vida del alma humana y para representar los significados del mundo en el que vivimos: para explorar con palabras los latidos más hondos y más auténticos de nuestras experiencias.
Pero, para escribir literatura -para vivir la vida de esa manera tan intensa-, como afirma Antonio Muñoz Molina, hemos de mirar con la mirada del mirón, del testigo impasible, del observador morboso. Hemos de observar como lo hace el cirujano que abre nuestras carnes para extirpar las malformaciones, el relojero con su lente de aumento en el ojo guiñado, como el microbiólogo que se asoma al visor del microscopio para ver los cuerpos invisibles, como el forense, como el eremita que pasa mucho tiempo en su retiro sin hablar con nadie, y que, cuando vuelve temporalmente a su ciudad, descubre registra modificaciones que la mejoran o la depravan. Hemos de mirar con una mirada que taladre la frivolidad y detecte los signos reveladores de aquellos hechos que el interlocutor quiere esconder o no sabe que esconde detrás de sus palabras. Hemos de mirar, en resumen, como el miope que tiene necesidad de acercarse, y como el místico, que sólo ve cuando se aleja.
La materia prima de la literatura es la realidad inmediata contemplada desde el fondo de nuestra propia vida. La materia de la literatura es la vida humana.

martes, 27 de noviembre de 2007

Leopoldo de Luis, siguiendo a Jean Paul Sartre, solía repetir que un escritor sólo supera al tiempo si es plenamente fiel al suyo. Él llamaba a esa integración "respirar por la herida", queriendo decir con ello que la poesía sólo podía ser la escritura de un sentir producido por el inevitable enfrentamiento con su mundo. Jorge Urrutia en si "Introducción" a En resumen. Antología poética (1946-2005), Sevilla, Fundación José María Lara, 2007

sábado, 2 de junio de 2007

Experiencia vital

Concebimos, explicamos y aplicamos la literatura como un cauce que nos conduce a una experiencia de la vida más “vital”, más consciente, más intensa, más plena y más humana. Leer y escribir literatura es vivir, paladear, saborear, exprimir cada objeto y cada episodio.

La literatura es, sobre todo, una manera de mirar para descubrir la sustancia de los objetos, traspasar los límites sensibles a los sucesos, desnudar de disfraces y de caretas a las personas, penetrar en el fondo oculto de la mente, trascender las apariencias engañosas de los gestos, interpretar el significado de las palabras, apropiarse de las esencias de los objetos, crear y recrear paisajes, construir y reconstruir mundos.

Por eso, la calidad de la obra literaria depende, más que de la habilidad de la mano, de la agudeza de la mirada; más que de la finura del pincel, de la fuerza transformadora de las sensaciones y, más que de la agilidad de la pluma, de la capacidad creadora de la imaginación, de su poder incisivo para desentrañar los misterios de cada día.

No se oponen, por lo tanto, literatura y vida, ya que constituyen dos ámbitos mutuamente implicados e interdependientes: cada uno de ellos determina y explica la naturaleza y el significado del otro.

Los modelos literarios funcionan en la medida en que definen e interpretan, exteriorizan y objetivan los rasgos profundos más o menos conscientes de los lectores de una determinada sociedad y momento históricos.

Las obras literarias formulan de manera plástica los valores y los contravalores sociales, las aspiraciones y frustraciones de las diferentes comunidades y grupos. Pero debemos tener en cuenta que esos modelos literarios no se limitan a repetir miméticamente los grandes mitos inventados por la poesía sino que influyen, en cierta medida, en la configuración de la realidad social entera.
Afirmamos que la sociedad no sólo se encuentra impregnada por la creación cultural, sino que ella misma “es” creación cultural.

La visión de la Literatura es sintética y sincrética. Se considera como un proceso complejo, poliédrico y polivalente: como un lenguaje artístico, elaborado con los instrumentos que proporciona una lengua, dotado de un singular poder para llenar de significados múltiples a todos los seres de la naturaleza y a todos los elementos de la cultura; provisto de una extraordinaria capacidad para extraer los sentidos profundos de las acciones humanas y para crear modelos originales de mundos alternativos.

Parte de un doble supuesto:
a.- La Literatura es un producto lingüístico interpretable y valorable mediante los diferentes instrumentos teóricos y metodológicos que proporcionan las diferentes disciplinas lingüísticas -Fonética y Fonología, Morfología y Sintaxis, Lexicología y Semántica- en sus distintas orientaciones histórica, descriptiva y aplicada.
b.- La elaboración y la recepción de los textos son los resultados de unos procesos complejos en los que intervienen el autor y el lector; ambos procesos están determinados y son explicables por los múltiples factores de índole psicológica y sociológica, insertos todos ellos en un espacio histórico y cultural.
Apoyándose en Habermas, Apel y Ricoeur, concibe y aplica la hermenéutica como una opción que toma en serio al “contexto histórico” e, incluso, a la “ubicación social” y como alternativa tanto al fundacionalismo como al relativismo total. El análisis de la “ubicación social” insiste en la necesidad de prestar atención explícita a las cuestiones de sexo, raza y clase en toda interpretación literaria
[1].
Aunque se refiere tanto al “texto” como al “discurso”, pone especial énfasis en este segundo concepto para evitar en lo posible los presupuestos idealistas o puramente culturalistas de la categoría “texto”. El “discurso” exige siempre atención a las realidades explícitas o implícitas de poder en la emergencia de sentido y de conocimiento. El “discurso” significa no sólo, como afirma Benveniste, “que alguien dice algo a alguien”, sino que, además, pide la atención y la participación de ese alguien. Esta concepción hermenéutica se extiende más allá de los antiguos modelos psicoanalíticos y marxistas para llegar a una forma de análisis del discurso que se ocupe de las cuestiones del sexo, de la raza y de la clase.


[1]Véase Richard J. Bernstein, 1983, Beyond Objectivism and Relativism: Science, Hermeneutics and Praxis, Filadelfia, University of Pensylvania Press; Richard Hollinger (ed.) 1985, Hermeneutics and Praxis, Notre Dame, University of Notre Dame Press; Price R. Wachterhauser (ed.), 1986, Hermeneutics and Modern Philosophy, Albanym State University of New York Press.

martes, 29 de mayo de 2007

Literatura y vida

Corriendo el riesgo de banalizar nuestra propuesta, afirmamos que la literatura es una lectura profunda de la vida y la vida, si la vivimos de una manera intensa -más consciente, más plena y más humana- constituye una manera de hacer literatura.


Evitamos esa tentación de concebirla replegada en su esencia y encerrada en su torre de marfil. Creemos que la literatura se debe impregnar de esa realidad compleja, cambiante y polivalente que es la vida humana.

La base y el horizonte, el punto de partida y la meta son la averiguación sobre el sentido de la vida y la investigación sobre el significado de la existencia humana.
  • Por eso, detrás de todas las preguntas sobre la Literatura hemos de escuchar el clamor de la exasperación que nos cuestiona el sentido último de este “circo”, de esta “farsa” o de este “juego” de procedimientos: ¿es la literatura una broma o, por el contrario, un desafío?

    Nosotros ponemos especial énfasis en el hecho de que la literatura, además de estudiada y disfrutada, puede ser sentida, experimentada y vivida. El literato, por una senda diferente a la del filósofo o a la del asceta, camina hacia la búsqueda del sentido de la vida.

    Los tres son protagonistas y un poco artesanos de sus destinos y de sus caminos en el conjunto de su existencia. Por eso, a veces, sus vidas son más inspiradas y más elocuentes que sus textos. La vida tiene sentido para quienes toman su existencia en sus propias manos, para quienes hacen de ella, de algún modo, una obra literaria o, en general, una creación artística, en vez de abandonarse a sus ocupaciones vanas o fútiles.

    La vida queda transformada por la acción de las palabras y las palabras se transforman por la vida. El drama de la enseñanza de la Literatura durante cerca de un siglo ha sido la falta inicial de contacto entre el uso peculiar de los procedimientos lingüísticos y las palpitaciones reales de la vida concreta de los escritores y de los lectores:
  • la explícita despreocupación de esas vidas que eran aclaradas por las palabras y de esas palabras que, en cierta medida, alcanzaban sentido gracias a la vida, a la vida real y concreta del hombre o de la mujer reales y concretos.

    ¿Cómo hacer que las nociones literarias y la vida se entiendan? Descubriendo el espacio que la vida reserva para la literatura y el lugar que la literatura cede a la vida. Hemos de esforzarnos por mostrar el camino por el que la vida se acerca a la literatura; hemos de trabajar denodadamente por llenar el hueco, el abismo ya terriblemente abierto entre literatura y vida.

    Si aplicamos estas ideas al análisis de las obras literarias comprenderemos cómo cada género literario se diferencia de los otros, sobre todo, por el tipo de vida que ha dado origen. Hemos de partir del supuesto de que no se escribe por exigencias literarias sino por la necesidad que tiene la vida de expresarse, de explicarse y de comunicarse.

    En el origen común y más hondo de los géneros literarios está la necesidad que la vida tiene de dibujar unos seres diferentes de sí o de apresar criaturas huidizas y vidas alternativas.

    La literatura expresa y apresa la vida; revela sus entrañas en un doble y complementario movimiento: el de distanciamiento de sí y el de la búsqueda de un soporte que la sostenga y la aclare.

Su supuesto es, como el de toda salida -como le ocurre al filósofo o al asceta-, un profundo descontento y una aspiración esperanzada: el descontento de lo que todavía somos y la aspiración de lo que pretendemos ser. Sin un profundo descontento, no saldríamos de nosotros mismos.

La aventura es, efectivamente, una de las claves que explican nuestras inquietudes, nuestros esfuerzos y nuestros sufrimientos. La aspiración esperanzada nace del descubrimiento de la posibilidad de que alguien escuche nuestra voz y lea nuestros textos.

Nuestras palabras son gritos que tratan de encontrar un interlocutor atento. El lenguaje, aún el más irracional, el llanto mismo, nace ante un posible oyente que lo recoja con respeto y lo interprete con interés. Opino que la mejor manera de apoyar su fecundidad y de asegurar su supervivencia es la de ayudarle a salir de sí misma.

La literatura nos ofrece una senda por la que nos salimos de nosotros mismos para situarnos ante algo que pretendemos asimilar, ante alguien con quien queremos convivir y, sobre todo, ante la vida humana que, simplemente, estamos dispuestos a vivir.

La literatura nos sirve para acercarnos y para alejarnos de la realidad, para penetrar en nuestro interior y para contemplarnos desde fuera. Nos hace -pensar y reflexionar, -sentir y emocionarnos, - disfrutar y sufrir, -llorar y reír, -y, en cierta medida, nos puede ayudar para que humanicemos nuestras relaciones, -aunque a veces la usemos para deshumanizar la sociedad.
La literatura nos puede ayudar a defendernos
  • de los ataques de la vulgaridad estética de la sociedad y de la brutalidad política de los poderosos,
  • de la ordinariez ambiental y de la crueldad institucional.
El origen común y más hondo de los géneros literarios, nace en la necesidad que la vida humana siente de expresarse o, dicho de una manera más concreta, se origina en ese ansia honda que, a veces experimentamos, de dibujar unos seres que, parecidos o diferentes a nosotros, expresen nuestras recónditas aspiraciones.
Principios teóricos
En nuestro análisis emplearemos sólo cuatro principios que, apropiándonos indebidamente de una nomenclatura filosófica, podríamos denominar
  • “principio de identidad”,
  • “principio de contradicción”,
  • “principio de transferencia” y
  • “principio de contigüidad”.
Principio de identidad
Las obras maestras constituyen las pruebas de que la literatura es la vida. La literatura es una manera de vivir, es la misma realidad o, al menos, una manera de la realidad. Las dos figuras de la novela son símbolos poéticos en los que se refleja el diálogo de un alma con la existencia humana.
La vida humana es la asunción y la superación de una esencial paradoja: la vida se define por la muerte y la muerte por la vida; la literatura es la constatación de la paradoja humana: un puro misterio de contradicción.
Principio de contradicción
La razón profunda de la sorpresa que nos generan estas obras literarias es la fuerza con la que muestran esa contradicción vital como, por ejemplo, la lucidez de la locura, la verdad y el engaño, la belleza y la fealdad, la bondad y la maldad. Desde esta perspectiva podemos afirmar que el procedimiento fundamental y permanentemente presente en todas las creaciones literarias es la paradoja.
Principio de transferencia
La función de la inteligencia humana y, por lo tanto, de su instrumento fundamental, el lenguaje, es dotar a todos los objetos, movimientos y acciones, de significados: su papel consiste en transformarlos en significantes portadores de diferentes significados.
Mediante esta operación específicamente humana hacemos que una cosa sea otra cosa; la literatura es el instrumento con el que explicamos el poder humano para mostrar cómo las realidades se hacen humanas cambiando de naturaleza y de funciones: las palabras se convierten en cuchillos y los cuchillos en palabras.
Los molinos, por ejemplo, son, efectivamente, gigantes y Aldonza es una encantadora princesa. Rescatamos así el valor de la “imagen” -comparación, metáfora- como factor decisivo en la constitución y en la definición de la literatura de todos los tiempos y de los diferentes géneros, corrientes y estilos.

Las palabras vacías

En nuestra práctica cotidiana de la conversación podemos comprobar cómo las palabras son unos recipientes amplios que, como si fueran cocteleras trasparentes, cada interlocutor, al pronunciarlas o al escucharlas, las llenan y las vacían permanentemente de diversos significados personales.
El valor de las palabras depende, en gran medida, de la huella afectiva que le produce al que la emplea la realidad a la que aquélla se refiere. Las múltiples experiencias de los hablantes y las diferentes circunstancias que concurren en sus vidas, determinan que los objetos, los sucesos y las palabras que a ellos se refieren, se tiñan de colores, adquieran sabores y provoquen resonancias sentimentales que, no lo olvidemos, constituyen el fundamento más profundo de sus juicios, de sus actitudes y de sus comportamientos.
Las palabras las vivimos o las malvivimos, nos nutren o nos enferman.Las palabras poseen un fondo permanente, que es el que figura en los diccionarios, pero, además, se llenan de esos otros significados emocionales que son mucho más importantes y más poderosos.
Son valores que los enriquecen y los convierten en eficaces instrumentos de la construcción y de la destrucción del cada ser humano y de la sociedad.
  • ¿Qué sentido tienen, por ejemplo, las palabras “mar”, “río”, “montaña”, “valle”, “hombre”, “mujer”, “niño”, “anciano”, “amor” u “odio”?

  • ¿No es cierto que las palabras, poseen unos sentidos diferentes que se los damos los hablantes y los oyentes, cuando establecemos la comunicación, cuando integrándolas en la cadena de un discurso, las usamos como vehículos para transmitir nuestras ideas, nuestras sensaciones o nuestros sentimientos, como vínculos para unirnos, como látigos para agredir o como pistola para matar?
La palabra “mar” no significa lo mismo pronunciada por un pescador de Barbate, por un pasajero de un trasatlántico de lujo o por un cordobés que veranea en Conil de la Frontera. Los vocablos, efectivamente, no están completamente llenos hasta que los pronunciamos y los escuchamos.
Es entonces cuando las palabras adquieren sustancia humana, calor vital y vibración emocional, de la misma manera que las cuerdas de una guitarra sólo expresan sensaciones, sólo transmiten sentimientos, cuando unos dedos maestros las acarician.
Pero también es verdad que algunas palabras pueden estar vacías, son las que carecen de contenido humano: no nos hieren, no nos envenenan ni nos matan, pero nos aburren, nos hastían y pueden hartarnos, enojarnos e irritarnos.
Son canales de meras flatulencias que, quizás, desahogan a los que las emiten, pero nos aburren a quienes las escuchamos. Las palabras, para que sean humanas, han de estar vivas, han de latir y tener temperatura. Hablamos y escribimos con experiencias y con imágenes, más que con gramáticas y con diccionarios.

lunes, 28 de mayo de 2007

Escritores y estudiosos


Con mayor frecuencia de lo deseado, leemos algunos comentarios despectivos que, recíprocamente, se dirigen los escritores y los estudiosos de la literatura. Unos y otros marcan sus respectivos terrenos, se miran con cierto desdén y mutuamente se reprochan desconocimiento, torpeza y, a veces, presunción.
Los escritores se jactan de su originalidad, de su libertad y, en ocasiones, de su genialidad; los estudiosos presumen de su ciencia, de su rigor y de su agudeza crítica.
En nuestra opinión, este distanciamiento, que viene de antiguo y tiene su origen en unos injustificados prejuicios originados por rivalidades pseudoprofesionales, genera unas consecuencias negativas tanto para los unos y como para los otros, y, lo que es más grave, perjudica a sus respectivos públicos que, en cierta medida, son los mismos.
Si esta proverbial y mutua incomunicación debilita la enseñanza de la historia y el aprendizaje de la crítica literaria, -excesivamente teóricas e inconsistentes-, y si margina la creación, que se valora como un simple medio de juego y de distracción, sin duda alguna, los mayores perjudicados son los alumnos y los lectores en general.
Hemos de reconocer que todos somos un poco responsables de que la creación literaria y las tareas académicas estén divididas en compartimentos estancos que no se comunican entre sí, y de que, además, trabajen de espaldas a aquella realidad que se salga del estricto ámbito de sus afanes inmediatos.
Quizás unos y otros no sean conscientes de que la comunicación fluida nos enriquece a todos ni de que los mayores beneficiarios son los alumnos y los lectores. Deberíamos copiar el modelo de algunos autores ejemplares como, por ejemplo, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Gerardo Diego, Carlos Bousoño, Manuel Alvar, Antonio Prieto, José Luis Tejada, Tomás Albaladejo, Esteban Torre, Isabel Paraíso, Jacobo Cortines, Manuel Ramos, Ana Sofía Pérez Bustamante y tantos otros, que compaginan las tareas de la escritura y los afanes de la enseñanza y de la investigación, sin dar síntomas de esquizofrenia. La habilidad literaria no impide ni dificulta el estudio profundo de los textos sino que, por el contrario, lo fundamenta y lo potencia. Recordemos que la enseñanza y la investigación sobre la literatura se han de apoyar en la “filología”, en el amor respetuoso y vehemente a la palabra.Reconocemos que algunos profesores, con sus análisis enrevesados, enigmáticos y pedantes, han dado ocasión para que los escritores contemporáneos menospreciaran sus toscos y rutinarios comentarios y que desconfiaran de ese aparato críptico que suelen manejar.
Es verdad que a esta ojeriza han contribuido notablemente los excesos de las tendencias últimas de la Teoría de la Literatura, que han alumbrado un metalenguaje hermético e ininteligible fuera de los círculos universitarios, más allá de ese reducido plantel de iniciados que emite solemnes sanciones. Pero, sería exagerado e injusto abominar de toda una tradición crítica por las torpezas de algunos comentaristas.
Tampoco podemos llegar a la conclusión de que la desidia intelectual o la pedantería de algunos profesores invalidan ese arte y esa técnica que han cultivado eminentes y cualificados “lectores” que, desde aquellos padres venerables de Alejandría llegan a nuestros días.
Es cierto que para elaborar una obra original, un poeta no necesita conocer demasiada teoría, pero también es verdad que tampoco le vendría mal dominar el funcionamiento de los mecanismos del lenguaje literario, conocer el secreto de sus resortes y acercarse, de vez en cuando, a los que se dedican a la fascinante tarea de sumergirse a las profundas aguas de la teoría literaria para interpretar las complejidades y para valorar los apasionantes enigmas de la belleza.

domingo, 27 de mayo de 2007

Los libros

La cuestión no es coleccionar muchos libros, ni leerlos, ni siquiera memorizarlos, sino digerirlos. ¿Se han dado ustedes cuenta de la reacción generalizada de rechazo que provocan los “eruditos”, esos señores que dan la impresión de ser diccionarios andantes, libros de citas, recopilaciones de fechas, repertorios de lugares o, incluso, prontuarios de ideas?
Y es que los libros, a pesar de los elogios que le dedican permanentemente, son meros soportes de signos significantes cuyos significados dependen, en gran medida, de las aportaciones de los lectores. Las palabras y las ideas enlatadas -igual que el atún- nos alimentan cuando las asimilamos, cuando, gracias a los jugos gástricos -de nuestras propias ideas y de las experiencias personales-, hacemos una buena digestión.
El mero traslado físico de las palabras a la mente del lector puede ser una aportación tan exigua, tan escasamente provechosa, como el transporte de un libro de una estantería a otra. Los libros pueden adornar una habitación y las palabras pueden decorar un discurso pero, si no están convertidos en sustancia propia, si no aumentan nuestra capacidad de interpretación de la realidad cotidiana, si no enriquecen nuestros recursos para resolver los problemas de la supervivencia y la potencia de nuestras luces para iluminar los conflictos de la convivencia, pueden llegar a ser, incluso, unos serios obstáculos para el bienestar humano posible.
Por eso, me permito insistir en que, en vez de leer muchos libros, hemos de leer mejor. Todos sabemos que el índice de compras de libros no expresa el nivel de lectura ni el número de páginas leídas corresponde al volumen de información asimilada. Hay quien, por ejemplo, lee el periódico como si fuera un listín telefónico, y una obra histórica como si fuera un periódico y una novela como si fuera una historia.
No advierten que cada género exige unas claves interpretativas y unas medidas valorativas diferentes. Opino que, en la campaña para la lectura, deberíamos insistir más en la calidad de la lectura que en su cantidad, y pienso que deberíamos orientar la promoción de ventas en la selección de obras más que en su acumulación. Por eso comprendo a María Antonia, que de la misma manera que periódicamente, regala a las bibliotecas públicas los libros que juzga que no volverá a releer.
Recuerdo el comentario que escuché a Fernando Quiñones: “Soy un lector y un escritor, pero no un bibliotecario, por eso me desprendo periódicamente de la mayoría de las obras que ya he leído”. Me atrevo a ir un poco más lejos: deberíamos, de vez en cuando, deshollinar nuestra memoria, para limpiarla de las telarañas mentales, de las ideas, de los pensamientos y de las convicciones que ya no nos sirven.
Una limpieza a fondo de la mente es tan aconsejable como el barrido que periódicamente hacemos de nuestros hogares; la higiene mental exige que desechemos esa información sobrante que nos aturde, nos bloquea y nos empacha. También el espíritu debe evacuar periódicamente las basuras y una de las funciones de la memoria es olvidar.